Efectos Colaterales
Ahora comprendo por qué esa señora de edad se enfrenta al imberbe empleaducho que dscansa del otro lado de la ventanilla de cristal blindado.
“¡Sinvergüenza!”Le dice, mirándolo fijo y sin perder la compostura. Agrega “¡Inútil subalfabeto! ¿A eso le llama usted trabajar? Deme ahora mismo su nombre y la hoja de reclamaciones”
El resto de quienes esperamos en fila nuestro turno nos miramos, cómplices. La verdad es que el pendejo es un mamón. La verdad es que no sabemos quién mierda se cree. La verdad es que su juventud es su cruz en este preciso momento. La mujer desgrana, sin acalorarse siquiera, una sarta de verdades que lo ruborizan, mientras termina de firmar la hoja en la que deja constancia de la impericia de un empleado que, además, tuvo el descaro de ser grosero. Si es que juventud y humildad no combinan. Pero esa soberbia tiene pies de barro, y la marea de unas verdades que todos aplaudimos por el coraje con que fueron dichas derrumbó al mocito que tenía más pelos en las cejas que en el bigote.
Ídola! Eso es una auténtica vieja de mierda!